domingo, 20 de enero de 2008

LOST IN TRANSLATION


Los viajes pueden ocasionar anécdotas inolvidables. Hace la friolera de diez años tuve la oportunidad de visitar Berlín. Apunto, de antemano, que no tengo ni papa de alemán.

El mundo dentro de un avión funciona de otra manera. Todo es como de buen rollito. Cuando entras, por unas escaleritas de mala muerte, una cohorte de azafatas con destellos dentales te da la bienvenida y te desean de corazón un buen viaje (ahí ya empiezas a amortizar el precio del billete). El piloto se presenta y como si de Montesdeoca se tratara, te informa de todos los detalles medioambientales (otra prestación que compensa la inversión económica). Viajaba solo. Algo que no me preocupaba puesto que me estarían esperando en el aeropuerto. Mi atención se centraba más en el vuelo en sí y en el cumplimiento a rajatabla de las leyes de la aerodinámica. Para ello me atiborré de frutos secos y zumitos puesto que no quería desarrollar lo que posteriormente se conoce como el síndrome de Melendi. Y así fue como aterricé en aquella ciudad, como un paco-martínez-soria y sin faltarme un perejil, incluida las flores de bienvenida (detalle de mi encantadora Lola). Y en medio de todo este embelesamiento una chica se me acerca. Mi primer contacto con indígenas.

Ningún rasgo coincidía con los propiamente nórdicos. Tenía el pelo largo, liso y oscuro. Sus ojos eran almendrados y profundos. Una piel algo broceada pero muy fina, muy delicada. Guapa, sin duda. De estatura media, algo más baja que yo, vestía muy diferente, supongo que moderna, con ropas que no se ven en el “Breska”. Se me acercó muy segura, con unos movimientos casi de danza. Miró hacia arriba...clavó sus pupilas en las mías y me dijo con sus carnosos labios... (la siguiente palabra debe ser pronunciada en voz alta): “¿Foia?” (lo escribo conforme me sonó) Me quedé de piedra. Era un sueño o era real...pero lo había dicho... y ¡muy educadamente! Aquello era mágico para un adolescente que colmataba los poros de la piel con hormonas. Debería haber nacido en las alemanias...este es el premio que el Karma me otorga por años de acné y ortodoncia...pensé. Del color de la vergüenza, titubeé y antes de reaccionar recibí el crudo hachazo de la realidad. Una voz me dijo: que te están pidiendo fuego...pringao!

Con las orejas gachas miré a mi dulcinea y giré varias veces la cabeza en contestación a su casta pregunta. Debí haber prestado atención al lenguaje corporal, no sólo a su cuerpo, y deducir que el cigarro apagado de su mano no era para después.

Pude ver mi vida (la futura, no la otra) pasar en esos tres segundos de felicidad. Las pequeñas ilusiones, incluso las expectativas, hacen del mundo un sitio más amable.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

COMO ME ACUERDO DE ESE MOMENTO, Y DE TODOS LOS QUE PASAMOS EN BERLÍN..
NI QUE DECIR TIENE QUE CUANDO IBA EN TU BÚSQUEDA AL AEROPUERTO (FLORES / GIRASOLES INCLUIDOS), ME MULTARON EN EL AUTOBUS........(LA CONSECUENCIA DE VIAJAR SIN BILLETE)...Y ADEMÁS, CLARO ESTÁ, ME MULTARON EN ALEMÁN!!!

....TENEMOS QUE VOLVER...

¿TIENES FUEGO?

Aguete dijo...

Esto me hace pensar que no quiero aprender idiomas!! siempre es más divertido dejarse llevar por la ilusión no?...aunque a veces no hay colchones para la caída!...el alemán de todos modos siempre me ha parecido muy malsonante!!